Del Imperio a la Autocracia: Francisco Balbuena Rivera sobre la psiquiatría política en Rusia
La psiquiatría como disciplina médica comenzó a desarrollarse a finales del siglo XVIII y principios del XIX, mientras que el término psiquiatría fue utilizado por primera vez en 1808 por el médico alemán Johann Christian Reil para describir el campo médico dedicado al tratamiento de los trastornos mentales. Sin embargo, con el tiempo, el desarrollo de esta disciplina estuvo entrelazado con circunstancias sociales y políticas, lo que hace que comprender su contexto histórico sea crucial para entender la evolución de la psiquiatría.
Es precisamente esta conexión entre la medicina, la sociedad y la política la que constituye la base del análisis en el artículo académico “La psiquiatría política en Rusia: Del imperio a la autocracia” de Francisco Balbuena Rivera. Francisco Balbuena Rivera, PhD, es un psicólogo y filósofo español y profesor a tiempo completo en el Departamento de Psicología Clínica y Experimental de la Universidad de Huelva. Su trabajo se centra en la historia del psicoanálisis y de la psiquiatría, con especial atención a los enfoques pioneros de la psicosis y la enfermedad mental, así como a sus implicaciones éticas y filosóficas.
Este trabajo fue el foco de nuestra entrevista, en la que el profesor asociado Balbuena Rivera abordó la historia de la psiquiatría en Rusia, su conexión con la política y los dilemas éticos que de ello se derivan. La entrevista trató sobre la importancia de proteger los derechos humanos y la independencia profesional en el campo. A lo largo de la historia rusa, la psiquiatría estuvo en ocasiones entrelazada con la ideología estatal y el control político. En ciertos periodos, especialmente durante la Guerra Fría, hubo casos en los que los diagnósticos psiquiátricos se utilizaron contra oponentes políticos. Uno de los ejemplos fue el concepto de la llamada “esquizofrenia lenta,” que en algunos casos se empleó para etiquetar la disidencia política. El artículo de Balbuena Rivera subraya la necesidad de estándares éticos internacionales, la protección de los derechos humanos y la independencia profesional.
El mensaje central es que la psiquiatría tiene el potencial de curar, pero también puede ser mal utilizada, lo que hace crucial salvaguardar continuamente la ética médica y la autonomía de la profesión.
Cuando la psiquiatría sirve al poder
¿Por qué decidió elegir precisamente este tema y cuáles son, para usted, los datos históricos más impactantes cuando se trata de la trayectoria política de la psiquiatría en Rusia?
Francisco Balbuena Rivera: Elegí este tema porque, aun no siendo especialista en la historia de la Rusia imperial ni de la posterior Unión Soviética, siempre me ha atraído profundamente la historia del pueblo ruso y de sus tradiciones intelectuales. Fruto de ese interés son dos trabajos previos: uno, en coautoría con el Dr. Antonio Sánchez-Barranco Ruiz, publicado en español bajo el título de Breve historia del psicoanálisis en Rusia (2004); y otro, como autor único, en inglés, Sabina Spielrein: From being a psychiatric patient to becoming an analyst herself (2020).
En cuanto a los datos históricos más impactantes, destacaría, por un lado, el clima inicialmente prometedor de renovación intelectual y científica tras la Revolución de octubre de 1917 y, por otro, la progresiva e imparable subordinación de la psiquiatría al poder político tras la consolidación del régimen comunista. Utilizo aquí el término “comunistas” en un sentido amplio: desde el estalinismo hasta la actual autocracia bajo Putin, donde se observan continuidades inquietantes en la instrumentalización del saber psiquiátrico.
¿Cómo cree que todo esto influyó en el desarrollo de la psiquiatría en Rusia y cómo pudo haber influido en Europa?
Francisco Balbuena Rivera: Responder a esta cuestión no es sencillo y no pretendo ofrecer una respuesta cerrada. Más bien, solo puedo esbozar algunas ideas. Incluso hoy, los historiadores interesados en el desarrollo histórico y el estado actual de la psiquiatría en Rusia tienen aún mucho trabajo por delante.
Mi impresión es que los regímenes totalitarios —China, Corea del Norte, Cuba, entre otros— tienden a blindar su realidad interna frente a miradas externas. Rusia no ha sido una excepción. Esta opacidad ha alimentado una desconfianza mutua entre Rusia y Occidente, que ha afectado también a los sistemas de salud mental y a las concepciones divergentes sobre qué significa cuidar a los ciudadanos que viven bajo un determinado Zeitgeist o espíritu del tiempo. Estas tensiones no solo han marcado el desarrollo interno de la psiquiatría rusa, sino también su recepción y comprensión en Europa.
Cuando hablamos del desarrollo de la psiquiatría rusa, ¿cuál es la mayor lección para los políticos y cuál para los científicos?
Francisco Balbuena Rivera: Para ambos, la lección fundamental es aprender de la historia. Para los políticos, esto implica permitir que los científicos y profesionales de la salud mental ejerzan su labor con independencia, sin interferencias ideológicas. Ayudar al otro no debería concebirse como un instrumento de poder, sino como una tarea profundamente humana que exige empatía y responsabilidad.
El problema es que el político, en muchos casos, prioriza el beneficio personal o la perpetuación en el poder, mientras que el científico debería guiarse por el bienestar del paciente y por criterios éticos y profesionales.
Proteger la psiquiatría de la politización y el abuso a nivel mundial
“El legado soviético de la psiquiatría punitiva —marcado por el diagnóstico y tratamiento forzados de disidentes políticos— sigue resonando en la Rusia contemporánea, donde informes recientes documentan un resurgimiento de prácticas similares dirigidas a suprimir la oposición, especialmente en el contexto de la guerra en Ucrania“.
Debo preguntarle, dado que todo esto sigue ocurriendo hoy, ¿significa que legalmente no se ha hecho lo suficiente para cambiar algo y aprender de la historia, o el hecho de que esto siga ocurriendo significa que no hemos logrado proteger la psiquiatría de la politización y el abuso a nivel global?
Francisco Balbuena Rivera: Creo que, en gran medida, legalmente no se ha hecho lo suficiente. Como comunidad internacional, especialmente los países que se autodefinen como democráticos, solemos evitar intervenir en los asuntos internos de otros Estados, incluso cuando se trata de vulneraciones graves de los derechos humanos. Nos limitamos a denunciar, condenar o expresar preocupación, muchas veces con información fragmentaria, mientras tranquilizamos nuestras conciencias apelando al derecho internacional y a principios abstractos. Parafraseando a Thomas S. Szasz, el orden psiquiátrico puede corromperse y dejar de reconocerse a sí mismo cuando sus decisiones dependen de un poder político que las diseña y las impone bajo el falso amparo de una supuesta legitimidad médica. Este es el dilema moral y profesional que abordo en la sección de mi artículo titulada Entre Scylla y Charybdis: el del psiquiatra atrapado entre la ética profesional y la obediencia política.
Como usted señala: “En 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Ruso —que entonces albergaba a más de 160 millones de personas— tenía solo 350 psiquiatras y neurólogos en ejercicio.” ¿Podría explicar a los lectores por qué era así y qué significó eso para el fortalecimiento de un determinado régimen/influencia política?
Francisco Balbuena Rivera: Probablemente se debía al escaso interés que la salud mental despertaba en la vasta Rusia imperial. En aquella época, la neurología se ocupaba principalmente de las enfermedades del sistema nervioso, mientras que parte de la psiquiatría comenzaba a ampliar su mirada hacia factores personales y socioculturales, preparando el terreno para la psicoterapia.
Como recordaba Loren R. Mosher, los psiquiatras no trabajamos con neuronas, sino con seres humanos. Un régimen político atento a esta dimensión podría descubrir que el aumento del número de psiquiatras no solo aliviaba el sufrimiento humano, sino que también ofrecía un instrumento potencial de control social, como efectivamente ocurrió más tarde bajo Stalin.
El mejor antídoto es fomentar una ciudadanía crítica
“Un conjunto de cartas publicadas en la década de 1970 en el American Journal of Psychiatry, escritas de forma anónima por un psiquiatra soviético, reveló que el primer Hospital Psiquiátrico Especial en Kazán se utilizaba exclusivamente para casos políticos“.
Este es un dato muy interesante, pero dado que hay personas que, por ejemplo, no creen en la veracidad de estos datos y que podrían decir, por ejemplo, “¿Por qué anónimo y por qué precisamente en el American Journal?, ¿es esto algún tipo de manipulación de datos?”, debo preguntarle: hoy en día es muy fácil manipular datos, por lo que me interesa saber qué podemos hacer como sociedad para que las personas eviten la influencia de la política en su forma de pensar y percibir la historia.
Francisco Balbuena Rivera: Es una muy buena pregunta. Aunque muchas personas afirmen no interesarse por la política, esta actúa como una sombra que influye silenciosamente en la vida cotidiana. A mi juicio, el mejor antídoto es fomentar una ciudadanía crítica: leer medios afines y no afines al gobierno, contrastar información, cuestionar datos cuando existan dudas razonables y guiarse por una conciencia moral sustentada en valores democráticos.
Aún necesitamos construir una verdadera conciencia comunitaria orientada al bien común, y no a la adhesión acrítica a discursos políticos que solo buscan perpetuarse en el poder.
“Después de la muerte de Stalin en 1953, los campos de trabajo forzado fueron cerrados y surgió una nueva forma de represión: declarar locos a los disidentes y encerrarlos en instituciones psiquiátricas. Aunque el número exacto sigue siendo incierto, se estima que a miles se les diagnosticaron afecciones como la “esquizofrenia lenta” y fueron sometidos a tratamiento forzado, a menudo durante años. Muchos no sobrevivieron. En este punto uno se pregunta qué podían haber hecho los psiquiatras soviéticos.
Sin libertad para elegir las mejores opciones terapéuticas, estaban condenados a seguir las directivas del partido. Mirando hacia atrás, los psiquiatras soviéticos se enfrentaron a una doble lealtad: adherirse a las normas éticas profesionales o escuchar las órdenes del partido. Aunque el juicio ético es más fácil desde la distancia, comprender las intensas presiones que soportaban estos profesionales —reflejadas en testimonios, no en experiencia personal— es fundamental. Aun así, el debate sobre estos dilemas éticos es crucial si la psiquiatría quiere aprender de su historia reciente”.
Después de más de 70 años, ¿qué debe cambiar?
Francisco Balbuena Rivera: Responderé de forma sencilla, aunque la cuestión sea enormemente compleja: el poder político no debe interferir en los juicios clínicos. Las decisiones terapéuticas deben tomarse en función del paciente, de manera consensuada entre paciente y clínico, personalizada y ética, del mismo modo que hoy se habla de medicina personalizada. Sin esta independencia, la psiquiatría corre el riesgo de repetir errores trágicos del pasado.
El pasado y el presente: la invasión de Ucrania
“La Federación Rusa contemporánea, especialmente desde 2014 y con mayor intensidad tras la invasión de Ucrania en 2022, revela un resurgimiento de prácticas de psiquiatría punitiva que recuerdan a la represión de la era soviética“.
¿Dónde cree que está la solución, qué se debe hacer y qué significa esto para las nuevas generaciones de psiquiatras? ¿Podría todo esto socavar la confianza de la gente común en la psiquiatría?
Francisco Balbuena Rivera: Insisto en que ningún saber, ya científico, ya sociocultural, debe estar subordinado al poder político, y la psiquiatría tampoco. En un contexto donde predomina el modelo biológico, como sucede hoy en la psiquiatría actual, es fundamental vigilar cómo se utilizan los psicofármacos y cómo el psiquiatra conjuga su juramento hipocrático con el interés superior del paciente. Si la libertad de pensamiento no es viable, como ocurre en los regímenes dictatoriales, la población tenderá a ajustarse a lo dictado desde el poder, y quienes disientan se verán obligados a callar por miedo a represalias, denuncias o persecuciones.
Derechos humanos, ética médica y abusos motivados políticamente
Cuando hablamos de derechos humanos e integridad médica, ¿cuánto han estado los políticos y cuánto están dispuestos a ayudar?
Francisco Balbuena Rivera: Sinceramente, no lo sé. Mi impresión es que los políticos actúan fundamentalmente movidos por intereses estratégicos y partidistas, de modo que su apoyo rara vez es desinteresado. Defender los derechos humanos como un eslogan no salva vidas ni genera una auténtica conciencia colectiva. Del mismo modo que ciencia y religión no deben analizarse bajo el mismo prisma, derechos humanos y política —o salud mental y política— deberían mantenerse conceptualmente diferenciados. Cuando una invade a la otra, el riesgo de instrumentalización es elevado y las consecuencias suelen ser graves.
“La ética médica, basada en la tradición hipocrática, requiere globalización para proteger a las poblaciones vulnerables expuestas a abusos motivados políticamente.” ¿Cómo se puede lograr esto?
Francisco Balbuena Rivera: Puede sonar idealista, pero quizá el primer paso sea construir una conciencia global sensible a lo que ocurre en otras partes del mundo, especialmente en regímenes autoritarios. La vigilancia internacional y la denuncia pública pueden actuar como un freno, aunque sea limitado, a los abusos sistemáticos.
La psiquiatría tiene un doble potencial: puede curar o dañar, dependiendo de su relación con el poder
“La psiquiatría tiene un doble potencial para curar o dañar, dependiendo de su relación con el poder”. ¿Es la comunidad psiquiátrica lo suficientemente fuerte para resistir esto y existe suficiente voluntad política para apoyarla?
Francisco Balbuena Rivera: En los países democráticos, creo que este dilema se ha atenuado gracias al aprendizaje histórico y al desarrollo de una psiquiatría más crítica, menos invasiva y más respetuosa con los derechos del paciente. En los países no democráticos, en cambio, el daño puede justificarse bajo múltiples pretextos ideológicos.
“Political psychiatry in Russia: From empire to autocracy” ¿qué nos depara el futuro en este caso?
Francisco Balbuena Rivera: No lo sé. Quiero ser moderadamente optimista y pensar que el futuro se construye de forma colectiva. La psiquiatría debe servir para aliviar el sufrimiento psíquico, combinando psicoterapia y tratamiento farmacológico cuando ambos sean pertinentes y siempre en un marco de trabajo voluntario y colaborativo. Muy distinta es la psiquiatría que es impuesta por imperativo político, que traiciona su razón de ser.
La historia de la psiquiatría en Rusia demuestra cómo esta disciplina ha sido y sigue siendo sensible a las presiones políticas y a las influencias ideológicas. Desde el período de la Rusia Imperial, pasando por la Unión Soviética, y hasta la Rusia contemporánea, ha existido una tensión constante entre la independencia científica y la instrumentalización de la psiquiatría como herramienta de control político. Ejemplos como el diagnóstico de la “esquizofrenia lenta” y el tratamiento forzado de disidentes políticos durante la era soviética ilustran claramente los peligros del uso indebido del conocimiento profesional.
El análisis de Balbuena Rivera nos recuerda que las lecciones derivadas de esta historia son múltiples, pero la conclusión clave es la importancia de proteger la independencia de la ciencia y de los profesionales, asegurando que puedan trabajar sin interferencias ideológicas y evitando el uso de la medicina como instrumento de control. A través de la cooperación internacional, el respeto a los derechos humanos, la adhesión a normas éticas y la participación ciudadana activa, es posible garantizar que la psiquiatría siga siendo una disciplina dedicada al bienestar de las personas y no un instrumento de manipulación política.
Imagen: Psiquiatría, Universidad de Ciencias de la Salud, Antigua

