Comprender el síndrome del intestino irritable en las mujeres: cómo el estrógeno amplifica el dolor intestinal
Es bien sabido que los trastornos como el síndrome del intestino irritable afectan a las mujeres con mucha mayor frecuencia que a los hombres, y nuevas investigaciones ahora revelan por qué.
Los resultados fueron presentados en el estudio “A Cellular Basis for Heightened Gut Sensitivity in Females”, cuyos autores son Archana Venkataraman, Eric E. Figueroa, Joel Castro, Fernanda Castro Navarro, Deepanshu Soota, Stuart M. Brierley, David Julius y Holly A. Ingraham.
Para comprender la importancia de este descubrimiento, es útil mirar hacia atrás, ya que el protagonista clave de esta historia es el estrógeno. A principios del siglo XX, Edgar Allen ayudó a identificar y describir el papel de las hormonas sexuales femeninas, incluido el estrógeno. Al principio, los científicos creían que su función estaba en gran medida limitada al sistema reproductivo. Sin embargo, con el paso de los años, quedó claro que esta hormona influye en una gama mucho más amplia de funciones en el cuerpo.
En este estudio, realizado en ratones, los investigadores descubrieron que niveles más altos de estrógeno conducen a una mayor sensibilidad al dolor intestinal. Esto proporcionó la primera evidencia clara de que la hormona desempeña un papel directo en la regulación de este tipo de dolor. Hablamos con Archana Venkataraman, PhD, investigadora posdoctoral en el laboratorio de Ingraham y coautora principal del estudio.
Cómo la dieta y el estrógeno desencadenan un dolor intestinal más intenso
Los científicos descubrieron que el estrógeno no actúa directamente sobre las células que detectan el dolor. En cambio, se dirige a otro tipo de célula en el colon conocida como células L. Estas células no se habían asociado previamente con el dolor, sino que estaban principalmente relacionadas con la regulación del apetito, lo que hace que el hallazgo sea particularmente sorprendente. Cuando el estrógeno actúa sobre las células L, desencadena una reacción en cadena. Las células L comienzan a liberar una hormona llamada péptido YY (PYY). Esta hormona actúa luego sobre las células enterocromafines vecinas, que liberan serotonina. Aunque la serotonina suele denominarse la “hormona de la felicidad”, en el intestino desempeña un papel diferente: activa las fibras nerviosas que envían señales de dolor al cerebro. En otras palabras, el estrógeno amplifica la sensibilidad de todo el sistema.
Los experimentos confirmaron aún más este mecanismo. Cuando a las ratonas se les eliminó su fuente de estrógeno, es decir, los ovarios, su sensibilidad al dolor disminuyó. Cuando a los ratones machos se les administró estrógeno, su sensibilidad aumentó. Del mismo modo, bloquear partes clave de esta vía redujo la respuesta al dolor. Surge una imagen aún más completa cuando se considera el papel de la dieta y las bacterias intestinales. Los investigadores también descubrieron que el estrógeno aumenta el número de receptores llamados Olfr78 en las células L. Estos receptores responden a moléculas producidas cuando las bacterias intestinales descomponen ciertos tipos de alimentos, en particular los carbohidratos fermentables. Cuando se consumen estos alimentos, las bacterias producen compuestos que activan aún más este sistema, lo que conduce a una sensación de dolor más intensa.
Este descubrimiento puede explicar por qué ciertas dietas, como aquellas bajas en carbohidratos fermentables, pueden ayudar a las personas con síndrome del intestino irritable. Al reducir el “combustible” disponible para las bacterias intestinales, también se reduce la activación de esta vía. Es importante señalar que este mecanismo también existe en los hombres, pero suele ser menos activo debido a niveles más bajos de estrógeno. En conjunto, esta investigación no solo responde a la antigua pregunta de por qué estos trastornos son más comunes en las mujeres, sino que también abre la puerta al desarrollo de nuevos tratamientos más específicos.
Aún carecemos de una comprensión completa de la comunicación bidireccional entre el intestino y el cerebro
¿Cómo puede aplicarse esto en la práctica y cómo podría ayudar específicamente a las mujeres?
Archana Venkataraman: Nuestros hallazgos muestran que el estrógeno influye de manera importante en la sensibilidad intestinal, ofreciendo una explicación fisiológica de los cambios cíclicos en los síntomas del síndrome del intestino irritable que experimentan las mujeres. En la práctica, hacer un seguimiento de los síntomas a lo largo del ciclo menstrual podría ser útil, especialmente para determinar el mejor momento para intervenciones dietéticas. Y, lo que es más importante, este trabajo proporciona una base mecanística para la eficacia de las dietas bajas en FODMAP, especialmente en mujeres.
¿Cuál es el impacto del embarazo en este contexto y existen diferencias entre mujeres que han estado embarazadas y las que no?
Archana Venkataraman: Buena pregunta. Creemos que el ajuste de la sensibilidad intestinal inducido por el estrógeno podría ser adaptativo. Los niveles elevados de estrógeno durante el embarazo podrían ayudar a mejorar la detección de nutrientes ingeridos al tiempo que aumentan la aversión a alimentos potencialmente dañinos, protegiendo así al feto en desarrollo. Los estudios experimentales en modelos de ratón están empezando a revelar las vías moleculares detrás de la remodelación del intestino materno. Sin embargo, en humanos, aún carecemos de datos longitudinales para determinar si el embarazo induce cambios duraderos en la sensibilidad intestinal o si existen diferencias significativas entre las personas que han estado embarazadas y las que no.
Esto sugiere que es importante adaptar la terapia según el sexo, ya que todo comienza con las hormonas. En cuanto a lo que considera el eslabón perdido para lograr una comprensión completa, Venkataraman concluyó: “Sí, encontramos que señales intestinales normalmente inofensivas se amplifican en presencia de estrógeno. Pero aún carecemos de una comprensión completa de la comunicación bidireccional entre el intestino y el cerebro, y no entendemos los mecanismos mediante los cuales una sensibilidad transitoria impulsada por hormonas se convierte en dolor visceral crónico. Abordar estas cuestiones será esencial para desarrollar terapias mejor adaptadas al sexo y a los estados hormonales.”
Imagen: Archana Venkataraman, PhD. UCSF Profiles

